¿Cómo es comer en el nuevo restaurante de Germán Martitegui?

Marti, el sucesor de Tegui, abrió en Recoleta con una propuesta descontracturada y vegetariana

marti restaurant
Ambiente relajado y cálido, pero sobre todo íntimo

No hay ningún cartel con el nombre del restaurante en el número 1973 de la calle Rodríguez Peña, en el barrio porteño de Recoleta. Con cierto espíritu de speakeasy, la puerta de entrada abre a un largo y serpenteante pasillo iluminado en azul que conduce a Marti, el nuevo proyecto gastronómico del chef Germán Martitegui, que abrió sus puertas a pocos días de cerradas las de Tegui.


La idea de esta crónica no es hacer una reseña de Marti, pues sería injusto ya que como todo nuevo restaurante está dando sus primeros pasos. Pero como fuimos a comer allí (invitados por la casa, aclaramos) y creemos que vale la pena contar de qué se trata la nueva propuesta para todos aquellos que, tras el cierre de Tegui, se preguntan: ¿Cómo es comer en el nuevo restaurante de Germán Martitegui?

Germán Martitegui
Germán Martitegui

Marti es, arquitectónica y conceptualmente, una barra. En el espacio que anteriormente ocupaba un patio ahora hay un jardín de invierno con paredes y techo vidriados que cobija una gran barra rectangular, dentro de la cual funciona la cocina. Hasta ahí lo que refiere a su arquitectura y diseño, pero también conceptualmente Marti es una barra que propone un intercambio directo entre comensales y cocineros.


No se trata solo de ver, mientras uno come, qué hace el personal de cocina. La barra invita a ese mágico intercambio que se da en espacios donde la propuesta es relajarse y pasarla bien. Es que quizás el mayor contraste con Tegui sea ese: no hay menú de pasos a seguir, pero tampoco hay una estructura inmutable que respetar al sentarse a comer allí. Para entenderlo hablemos de su carta.

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Cebiche de palta y manzana verde

La carta de Marti se divide, sin mucha aclaración, en panes (cuatro opciones, como por ejemplo un brioche con manteca de especias o un pan de aire acompañado de una pasta de porotos), todos con un precio de $1000; en platos (una decena de platos pequeños, como un cebiche de palta, pepino y manzana verde, o berenjena asada, acompañada de higos en rodajas y una crema de almendras), con un valor de $1500, y los postres (helado de mascabo con oblea de chocolate o helado de frambuesa con oblea de pistacho), con un valor de $1200.


Por si hace falta aclararlo, no hay división entre entradas y principales. Dos personas pueden comer con una combinación de 4 o 5 panes y platos. Que a veces llegan juntos o no, ya que como aclaran al tomar el pedido los platos salen a medida que la cocina los tiene listos. ¿Demoras? Para nada, si hay algo que queda claro es que el camino que va de los fuegos a la mesa (o barra) está más que aceitado.

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Durazno blanco + Ajo negro

Hablemos ahora de la carta de bebidas, que merece párrafo aparte. Hay unos pocos cocktails "de autor" -probamos el Spritz de uvas verdes, y se destaca por su frescura pero también por su originalidad-, otros tragos clásicos como el gin tonic, y opciones sin alcohol como el jazmín iced tea. El precio de los cocktails es de $800, y el de los mocktails de $600. Hay una cerveza de grifo, y obviamente café.


La carta de vinos, por su parte, es una gran síntesis de lo mejor del vino argentino moderno, que lleva la autoría del sommelier Martín Bruno. Los vinos pueden pedirse por botella, por copa o media copa, y estas dos últimas opciones permiten probar etiquetas difíciles de conseguir (como el Per Se Iubileus Malbec o el Zuccardi Finca Los Membrillos Cabernet Sauvignon), algunas por su escasez, otras por su precio. Cuentan además con el dispositivo Coravin para el servicio, lo que garantiza la integridad de esos súper vinos.

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